Cuando también bajan las notas de los que siempre estuvieron arriba
No es solamente que hayan empeorado los resultados educativos. Es que la caída también se está produciendo entre los alumnos pertenecientes a familias de nivel socioeconómico medio y medio-alto

Hay un dato de los últimos resultados de PISA que debería hacernos pensar especialmente. No es solamente que hayan empeorado los resultados educativos. Es que la caída también se está produciendo entre los alumnos pertenecientes a familias de nivel socioeconómico medio y medio-alto, precisamente aquellos que, en teoría, cuentan con más herramientas y recursos para afrontar las dificultades académicas.
Durante mucho tiempo hemos asumido que determinados factores protegían a un estudiante de un mal rendimiento: una familia con recursos, padres con estudios, acceso a libros, academias, idiomas, actividades extraescolares, tecnología o un entorno estable. Todo eso sigue siendo importante, por supuesto, pero los nuevos datos nos obligan a plantearnos una pregunta incómoda: ¿qué está pasando cuando incluso los alumnos que parten de mejores condiciones están perdiendo rendimiento?
Probablemente no exista una única respuesta. Nuestros hijos viven en una sociedad completamente diferente a la de hace apenas una generación. Nunca han tenido tanto acceso a la información, pero quizá nunca haya sido tan difícil conseguir que mantengan la atención durante un periodo prolongado. Tienen tecnología, pero les cuesta más concentrarse. Tienen información prácticamente ilimitada, pero no siempre saben procesarla. Pueden encontrar la respuesta a casi cualquier pregunta en segundos, pero cada vez resulta más difícil conseguir que se sienten, lean, estudien y busquen esa respuesta por sí mismos.
Y aquí aparece una paradoja que deberíamos analizar seriamente. Un adolescente puede tener hoy acceso desde su habitación a una biblioteca mundial, cursos universitarios, tutoriales, idiomas, documentales y herramientas de inteligencia artificial. Pero al mismo tiempo está sometido a cientos de estímulos diarios: TikTok, Instagram, YouTube, videojuegos, notificaciones, mensajes y contenidos diseñados específicamente para captar y mantener su atención. Estudiar, sin embargo, requiere justamente lo contrario. Requiere concentración, paciencia, repetición, capacidad para equivocarse y volver a intentarlo. Requiere incluso algo que parece haberse convertido en un concepto extraño para muchos jóvenes: aburrirse.
Y no creo que debamos convertir esto en un juicio contra nuestros hijos. Sería demasiado sencillo. Los adultos hemos creado este entorno. Somos nosotros quienes hemos puesto las pantallas en sus manos y quienes muchas veces hemos convertido el entretenimiento inmediato en la respuesta automática ante cualquier momento de aburrimiento. Por eso también somos nosotros quienes tenemos que enseñarles que no todo en la vida tiene que ser inmediato, divertido o gratificante. La educación también consiste en aprender a hacer cosas que no nos apetecen.
Este dato debería servir especialmente para que las familias de clase media nos miremos al espejo. Porque quizá hemos llegado a pensar que proporcionar recursos era suficiente. Un buen colegio, una academia de inglés, clases particulares, actividades extraescolares, un ordenador o una tablet son herramientas que pueden ayudar, pero ninguna de ellas sustituye algo mucho más básico: acompañar, establecer límites y crear hábitos.
Preguntar a nuestros hijos qué han aprendido, leer con ellos, hablar sobre lo que están estudiando, controlar el tiempo de pantalla, enseñarles a organizarse y transmitirles que el esfuerzo tiene un valor siguen siendo cuestiones fundamentales. No se trata de volver al pasado ni de demonizar la tecnología. Se trata de conseguir que nuestros hijos sean capaces de utilizarla sin convertirse en dependientes de ella.
Y aquí es donde los resultados de PISA deberían hacernos reaccionar. Cantabria continúa estando en una posición comparativamente buena dentro de España, pero precisamente por eso la caída debería preocuparnos. Si el deterioro educativo alcanza también a sectores que tradicionalmente han contado con más recursos para compensar las dificultades, quizá estemos ante un fenómeno mucho más profundo que una simple cuestión de desigualdad económica.
No estamos hablando únicamente de ricos contra pobres, de buenos colegios contra malos colegios o de familias que se preocupan frente a familias que no lo hacen. Estamos hablando de un cambio en la manera en la que nuestros hijos aprenden, se relacionan con la información y mantienen su capacidad de atención.
Y esa realidad exige una respuesta conjunta. De las familias, de los colegios, de las administraciones y también de la sociedad. Porque quizá la verdadera pregunta que nos dejan estos resultados no sea solamente por qué han bajado las notas. Quizá sea algo bastante más incómodo: ¿qué estamos haciendo los adultos para que nuestros hijos tengan cada vez más herramientas para aprender y, sin embargo, cada vez más dificultades para hacerlo?
Esa es, probablemente, la pregunta que deberíamos estar haciéndonos.
20 años metido en tecnología, ocio y medios. Ahora también delante del micrófono. Me gusta contar cosas. Mi opinión es solo eso. #esRadio Cantabria.
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